¿Qué se puede hacer?
¿Qué se puede hacer en esta tesitura?
Esa es la pregunta que nos asalta a muchos españoles a lo largo de estos días grises, por no decir negros, en nuestro agotado mundo europeo.
Veo a mucha gente, cada vez más, movilizada en las redes, y mostrando su preocupación y crítica con lucidez, a pesar de los intentos de confusión del globalismo. Pero aunque el número de los despiertos va creciendo, todo ese sentimiento de disgusto no se materializa en un nuevo proyecto. Es como si la red de internet sirviera de mero desahogo para muchos.
Otros, en cambio, derrochan su energía en vez de ir al grano, y no dudo de la importancia de sus batallas eruditas en las redes sociales. Pero el tiempo apremia y hemos de pensar menos en la crítica y más en la construcción de una alternativa.
El éxito de un giro político requiere la concentración de fuerzas en un mismo proyecto, es decir, depende de hallar la manera de contrarrestar el programa disolvente del statu quo. Al inicio se trata de confiar en una minoría selecta o sumarse a ella, porque de la masa no podemos esperar nada. Son los menos los que dirigen la historia humana.
Por tanto, para desenredar este nudo gordiano en el que nos encontramos necesitamos el filo de la espada, y eso significa que debemos llegar a un acuerdo de mínimos, sin renunciar al debate sobre cómo debe ser la patria una vez salvada. Este acuerdo de mínimos ha de basarse en la lucha por la supervivencia demográfica.
No podemos contar con una solución mágica, ni tampoco un milagro, donde cada vez se reza menos. Hemos de sumarnos o fundar una formación política que cumpla dos premisas: coraje e inteligencia. Porque una sin la otra no sirve para nada.
Una vez encontrada dicha formación política, hay que apoyarla económicamente y canalizar toda nuestra energía derrochada en la red hacia dicha formación. Por supuesto, no se trata de apoyar ninguna agrupación partidaria del Régimen del 78, sino de una vía soberana, española y europea, financiada por los patriotas.
Sé que la fórmula es muy vieja, pero debemos desterrar las fantasías caudillistas o las aún mucho peores reformistas. No hay que reformar, hay que renacer.
Las traidoras marcas de la partitocracia liberal, tratan de capturar el compromiso joven más despierto y con energías, lo canalizan desde la red hacia el mitin o la sede del partido. Es como si olieran la sangre fresca que necesita el monstruo del 78 para rejuvenecer.
Debemos permanecer atentos.
Pienso que conforme las cosas vayan empeorando, veremos esos líderes necesarios destacarse sobre el ruido de la barbarie o el silencio del miedo. Y, entonces, surgirá una minoría aristocrática que dé un paso al frente.


